Leyenda del Tequila

 

 

 

 

 

 

Hace muchos años, en los tiempos míticos, los hombres tenían comida y maíz para asegurar su sustento.

Pero nada alegraba su corazón, ni les hacía bailar o cantar pues no tenían nada que les proporcionara placer o gozo… Y los dioses sintieron lástima por ellos. Comenzaron a discutir sobre qué serpia mejor regalarles a los hombres: unos pensaron en telas, para que les dieran calor durante las noches frías y alegría durante el día con sus vivos colores; otros, pensaron en comida dulce y unos tantos más en un delicioso néctar para saciar su sed.

Mientras más proponían, menos lograban ponerse de acuerdo. Fue entonces cuando Quetzalcóatl recordó a Mayahuel: una joven diosa que vivía retirada de donde habitaban el resto de los dioses. A pesar de ser muy bella y deseable, estaba encerrada y apartada de la mira de los demás, pues su abuela era una Tzitzimitl (un demonio celestial de la oscuridad) que cuidaba celosamente la virginidad de su joven nieta.

Además de sus virtudes personales, Mayahuel tenía una planta mágica que daría no sólo alegría, sino techo, comida, bebida y muchos dones más a los hombres. Así que los dioses encomendaron a Quetzalcóatl la misión de traerla. Éste, transformándose en viento, fue hasta donde estaba encerrada la bella joven y, con suaves y dulces palabras, la convenció de que la acompañara al mundo de los hombres y compartiera con ellos su planta mágica.

El riesgo era muy alto, pues huyendo no sólo enfrentaría la ira de su abuela, sino también la de sus 7 hermanos, vengativos y poderosos. Pero la dulzura y galantería de Quetzalcóatl logró penetrar en el corazón de la doncella, que finalmente aceptó fugarse de su prisión. En su huida, ambos dioses, jóvenes y bellos, se enamoraron sin poderlo evitar, prometiéndose amor eterno en cuanto hubieran cumplido la misión de dar la planta mágica a los hombres.

Pero la dicha duró muy poco. Ya se encontraban en la tierra cuando vieron bajar de los cielos a los 7 hermanos de Mayahuel (que eran enviados por la furiosa abuela) y, desesperados, buscaron un refugio. Mayahuel tuvo una idea para ocultarse e hizo que tanto ella como Quetzalcóatl tomaran la forma de su planta mágica y bajo esa forma quedaron ocultos, esperando no ser encontrados.

Los terribles tzitzimitls llegaron a la tierra y sólo vieron plantas y piedras en su búsqueda. Largo rato estuvieron intentando encontrar a los jóvenes enamorados, pero no hallaron ni rastro de los fugitivos. Estaban por retirarse, cuando el hermano menor notó una planta diferente a todas las demás: un maguey. Cuando la vieron de cerca, reconocieron de inmediato a su hermana y cruelmente arrancaron la parte de la planta en que estaba convertida. Cuando su furia cesó, los tzitzimitls se marcharon. Entonces Quetzalcóatl (que se había salvado, pues la parte en la que se había resguardado no fue tocada) recobró su forma natural.

Tomó los restos de lo que había sido Mayahuel y, con sumo cuidado y cariño la sembró, regándola con su llanto. De esos restos resurgió la planta mágica, pero no pudo nunca recobrar su forma divina, quedando Mayahuel convertida siempre en el sagrado maguey. La abuela, al descubrir el nacimiento de aquella extraña planta, se llenó de rabia e hizo desatar sobre el campo una fuerte tormenta, cayendo varios rayos sobre la planta, quemándola por completo y cociendo su corazón, lo que provocó que de su interior brotara un río de dulce miel.

Al percibir el penetrante roma de aquel elixir, los indígenas acudieron a encontrarse con este fenómeno y decidieron probarlo. Una vez que descubrieron su dulce sabor, lo consideraron una dádiva divina proveniente de Mayahuel, por lo que a partir de ese momento le rindieron culto y comenzaron a utilizarlo en sus ritos ceremoniales. Y desde entonces, el maguey llora dulces lágrimas por su amor perdido.